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03 febrero, 2009

Cuento completo: Las medias de los flamencos / Horacio Quiroga

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y

 a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los peces.

 Los peces, como no

 caminan, no pudieron bailar; pero 

siendo el baile a la orilla del río, los peces estaban

 asomados a la arena, y aplaudían con la cola.

Los yacarés, para adornarse bien, se habían

 puesto en el pescuezo un collar de plátanos, y fumaban 

cigarros paraguayos. Los

 sapos se habían pegado escamas de peces en todo el cuerpo, y caminaban 

meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los peces les 

gritaban haciéndoles burla.

Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. 

Además, cada una llevaba colgada, como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba.

Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas 

con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una 

pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una 

pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.

Y las más espléndidas de todas eran las víboras de que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, y 

negras, y bailaban como serpentinas Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados 

aplaudían como locos.

Sólo los flamencos, que 

entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy

 gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no habían sabido cómo

 adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por

 delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de

 envidia.

Un flamenco dijo entonces:

-Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias

 coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.

-¡Tan-tan! -pegaron con las patas.

-¿Quién es? -respondió el almacenero.

-Somos los flamencos. ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?

-No, no hay -contestó el almacenero-. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así. Los flamencos fueron entonces a otro almacén.

-¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero contestó:

-¿Cómo dice? ¿Coloradas,

 blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿quiénes son?

-Somos los flamencos-

 respondieron ellos .

Y el hombre dijo:

-Entonces son con seguridad flamencos locos.

Fueron a otro almacén.

-¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero gritó :

-¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras ? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir

 medias así. ¡Váyanse en seguida!

Y el hombre los echó con la escoba.

Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de

 todas partes los echaban por locos.

Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río

 se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:

-¡Buenas noches, señores

 flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan . No van a encontrar medias así en ningún almacén . Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán

 que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.

Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron :

-¡Buenas noches, lechuza!

 Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos

 esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

-¡Con mucho gusto! -respondió la lechuza-. Esperen un segundo, y vuelvo en seguida.

Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de

 víboras de coral, lindísimos cueros. recién sacados a las víboras que la lechuza había

 cazado.

-Aquí están las medias -les dijo la lechuza-. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda

 la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de

 bailar van entonces a llorar.

Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran

 peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras como medias, metiendo las patas

 dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.

Cuando vieron a tos flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia.

 Las víboras querían bailar con ellos únicamente, y como los flamencos no dejaban un

 Instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias.

Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas, se

 agachaban hasta el suelo para ver bien.

Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se

 agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de la víbora es como la mano de las personas. Pero los

 flamencos bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban cansadísimos y ya no podían

 más.

Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron en seguida a las ranas sus farolitos, que eran

 bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.

Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con un yacaré, se tambaleó y cayó

 de costado. En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos y alumbraron bien

 las patas de! flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se

 oyó desde la otra orilla del Paraná.

-¡No son medias!- gritaron las víboras-. ¡

 Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas

 y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral

Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque

 estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron

 sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias. 

Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas y les mordían también las patas, para que murieran.

Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas,

 Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de medias, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile.

Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido eran venenosas.

Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.

Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.

A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven en seguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.

Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los peces saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pececito se acerca demasiado a burlarse de ellos.

1 comentario:

MagoProfe dijo...

Lindo cuento, me hizo recordar de cuando lo leí, en la escuela primaria...
Gracias por compartirlo, para que los más chicos puedan leerlo.